Saltando de cabeza a la Luz
![]() |
El camino del desarrollo consciente es, en efecto, una búsqueda de la identidad: cada aspecto recién descubierto del "yo", a su vez, se convierte en un velo sutil detrás del cual acecha una nueva luz. Impulsándonos siempre a avanzar, este hermoso misterio es infinitamente profundo: su resolución final se haya siempre un paso más allá. Si esto no fuera así, el último estado de identificación sin importar cuán sublime fuera sería estático, un final más allá del cual sería imposible una mayor revelación y expansión de conciencia. Afortunadamente, esto no es así y las enseñanzas de la Sabiduría Eterna nos muestran que incluso los propios dioses se describen a sí mismos avanzando hacia lo que yace más allá de sus entornos inimaginables actuales, estados de conciencia y modos de interacción. La increíble verdad es que cuanto más se avanza en el camino interior del autoconocimiento, más profundo es el misterio, más asombrosas son las revelaciones.
La revelación siempre va precedida por un período de oscuridad espiritual que proporciona el escenario para que pueda ser vislumbrada la nueva luz. Este es el principio de limitación en el trabajo, encarcelar la conciencia en la oscuridad y provocar el impulso creativo. El viaje del autoconocimiento se inicia a través del impulso por encontrar la luz, por llevar los aspectos ocultos del yo al primer plano de la conciencia. Y es en la hora más oscura que algo amanece en lo más profundo, algo que fue "entendido previamente" y ahora es re-conocido.
Esta tentadora experiencia de estar en el umbral de lo nuevo y, al mismo tiempo, claramente familiar, deja al buscador reflexionando sobre el antiguo enigma: "¿Quién soy yo?" No hay una respuesta satisfactoria a esta pregunta, y es por esto precisamente que el camino de la revelación es interminable, lleno de asombro y misterio. El descubrimiento de un aspecto más profundo del ser revela otra luz que brilla a lo lejos.
Se suele decir que "es en la oscuridad donde conocemos a Dios", y es un momento en que la fe y la persistencia son rigurosamente puestas a prueba. La tensión de este período viene bellamente representada en la estrofa de un antiguo texto espiritual:xt:
"¡Permanezco entre el Cielo y la Tierra! Visualizo a Dios; veo las formas que Dios tomó. Odio a ambos. Nada significan para mí, porque al primero no lo puedo alcanzar y no amo a las segundas.
"Me siento atormentado. No puedo conocer el Espacio y su Vida, de modo que no lo deseo. Conozco demasiado bien el tiempo y sus miríadas de formas. Pendo entre ambos y no deseo ninguno."
Este estado del limbo - de vivir en un mundo nebuloso - es familiar para aquellos que se encuentran en el entrenamiento del discipulado. Es una etapa en la que se invoca la fuerza para seguir la luz allí donde sea que nos conduzca, cuando finalmente rompa con todo su esplendor a través del velo de la oscuridad protectora que la rodea. Hasta ese momento, se vislumbran ocasionalmente destellos de una luz sobrenatural en la meditación que, aunque insostenible, proporciona la visión de una realidad futura en la que la identidad individual se fusiona con la de la Humanidad Una. No importa cuánto se pueda desear, solo el corazón valiente que arde con amor por los demás puede asumir el coste personal y hacer esa transición a la Vida más grande.
La gran fortuna de nuestros tiempos es que el entrenamiento moderno del discipulado abarca la conciencia grupal, que contribuye en gran medida a aliviar la soledad asociada al camino, tal como ha sido registrada en las tradiciones religiosas y esotéricas a lo largo de los siglos. Es decisión de todo aspirante zambullirse en el profundo silencio del corazón y decidir si hace del viaje espiritual un largo y prolongado periplo o, por el contrario, une sus manos a la de otros viajeros y salta de cabeza a la luz.
Que el Sendero de Reconocimientos conduzca a la Revelación Grupal.
