La Libertad en el Perdón (Bol. Triángulos 236)


Usamos la palabra “perdón” para referirnos a una actitud en la que somos capaces de encontrar reconciliación tanto con los errores y malos tratos menores como mayores que forman parte de la vida cotidiana. Esto no solo nos permite mostrar benevolencia y compasión hacia quienes nos han maltratado, sino que, con el tiempo, también nos permite resolver nuestras propias malas acciones. Por esta razón, una actitud benevolente es tanto encomiable como necesaria, y la vida posee mayor calidad cuando esta actitud se expresa plenamente. Dicha benevolencia reconoce la falibilidad humana, así como una mayor libertad frente a prejuicios y resentimientos. Es claro que, dependiendo de la gravedad de lo que se ha sufrido, el proceso de perdón solo puede ocurrir cuando estemos preparados. Cuando la humanidad alcance los estados superiores de conciencia, la capacidad de perdonar se convertirá en “el aliento de la vida misma, la dación del todo al todo”. 1

Esta comprensión del perdón está profundamente arraigada en la humanidad y está bien preservada por las enseñanzas espirituales de muchas tradiciones religiosas y culturales. Sin embargo, podemos ampliar esta idea elevándola hacia la consideración del funcionamiento de la Mente Divina, hacia un significado superior y más profundo de la palabra, como “dar por”, per-donar. Esto puede ser dar con un propósito, aunque no se espere nada en recompensa. Aún más importante, puede referirse a un acto de sacrificio: se trata de entregarse uno mismo por los demás, por el bien de la vida colectiva, y de hacer de eso un acto sagrado. Esta entrega no es una pérdida, sino una ganancia, y está en consonancia con el profundo significado de la palabra sacrificio como “hacer sagrado” (del latín sacrificium, “hacer santificado”). Bajo esta luz, el hecho de que la Divinidad misma buscara manifestarse en la materia, renunciando a Su naturaleza e identidad unificadas, fue el mayor acto de perdón y sacrificio que podemos imaginar. Por ese acto, el don ha permanecido como uno de los impulsos básicos más importantes de la vida en la Tierra.

En nuestros Triángulos buscamos convertirnos en puntos de recepción y distribución de la Luz, el Amor y el Poder que emanan de la fuente divina. Al unirnos a un Triángulo, confirmamos nuestra disposición a que nuestra identidad individual se fusione con la de nuestros compañeros y, a través de este acto inclusivo, damos poder a las figuras geométricas básicas más sagradas a través de las cuales estas energías superiores pueden circular. De este modo, la humanidad entra directamente en contacto con las fuerzas sanadoras. Al sacrificar nuestro sentido de identidad individual para unir nuestro(s) Triángulo(s) individual(es) y luego llevarlo más allá para fusionarnos con la red de Triángulos, nos convertimos en un reflejo del don divino y así anclamos aún más ese impulso en la Tierra, en las mentes y corazones humanos. 

Y es aquí, en esa fusión profunda, donde encontramos la libertad de ser nuestro verdadero yo. Esta mayor libertad del yugo de las limitaciones de la materia potencia aún más la distribución de energías espirituales. Como arriba, así es abajo. Como seres humanos conscientes y trabajadores de Triángulos, tenemos el privilegio de saber que podemos participar en el flujo continuo del perdón.

1. Educación en la Nueva Era, A.Bailey pág.129 ed. ingl.