Hoy en día, la idea de que la democracia atraviesa un período de marcada crisis es proclamada con la misma frecuencia por periodistas, comentaristas, académicos y centros de investigación que en la esfera pública. Esto no resulta sorprendente. El panorama de normas políticas y sociales cambia rápidamente, la incertidumbre económica se acentúa, y la intensidad de la polarización que se experimenta en las democracias liberales no tiene precedentes. La proliferación global de las redes sociales ha estimulado aún más esta polarización y ha cultivado un clima de hiper-populismo que amplifica la voz de la “persona común” y elude los mecanismos establecidos para la verificación de la verdad. Considerado en términos generales, este movimiento “anti- establishment” agudiza el conflicto con el statu quo, pero hace poco por trazar un nuevo camino a seguir. Las instituciones liberales, que son el fundamento de la gobernanza democrática, luchan por mantenerse al ritmo de estos cambios.
Sin embargo, a pesar del reconocimiento mundial de que la democracia está en crisis, hay poco acuerdo sobre la naturaleza de la crisis, sobre cómo debe abordarse y qué significa esa crisis para el futuro. Las voces más fuertes por lo general reafirman una crisis caracterizada por el conflicto, la lucha, la inestabilidad, el retroceso, el debilitamiento de la ley y, deliberadamente, muchas evocan el miedo, el pánico, las amenazas existenciales e insuperables. Sin embargo, detrás del estruendo de la catástrofe también hay voces con perspectiva y matices, voces que analizan, aclaran y proporcionan un camino reflexivo, aunque sea tentativo, hacia la solución.
Los hombres y mujeres de buena voluntad, y en especial quienes se encuentran trabajando en el corazón del Nuevo Grupo de Servidores del Mundo, tienen un papel clave que desempeñar en la conducción de la humanidad a través de tiempos de crisis, que son básica- mente tiempos de cambio y, por lo tanto, de oportunidad para la renovación y la reorientación. Para llevar a cabo tal reorientación se requiere una visión que se base en el alinea- miento e identificación con lo universalmente correcto y bueno, además del discernimiento y el espíritu de compromiso necesarios para trazar un ‘camino entre’ los pares de opuestos. Este ‘camino entre’ es también el camino superior, es el camino a seguir.
Crisis: Oportunidad, Cambio, Evolución
Contrariamente a la suposición popular, la crisis no siempre es negativa. En esencia, es un tiempo de cambios decisivos y radicales, un tiempo de oportunidades para una construcción renovada. El espíritu creador que está en el corazón de la evolución humana se desarrolla por medio de crisis constantes: períodos de intensificación, que conducen a momentos clave de decisión, seguidos de períodos de relativa estabilidad en los que esa decisión surte sus efectos. Un breve vistazo a la historia de la democracia liberal moderna revela que ha resistido muchas crisis, transformándose y evolucionando a cada paso.
La naturaleza casi constante de estas crisis significa que los períodos de resolución a veces se difuminan casi de inmediato en nuevas crisis, ya que el rápido progreso del cambio trae de inmediato nuevos problemas. Desde cierto ángulo, se podría decir que la democracia ha estado (al menos a lo largo de su existencia moderna) en un estado constante de tensión o conflicto, con un sinnúmero de crisis a corto plazo que se superponen y se enfrentan en múltiples frentes a la vez.
¿Qué hace que una crisis sea espiritual?
Examinar las causas de la crisis democrática actual puede ser abrumador. Tomada puramente como una crisis de gobernanza, abarca muchos sectores: económico, social, político, de seguridad, así como de relaciones internas y externas. Las crisis a menudo se perciben de manera muy diferente según el país, lo que pone de relieve que las percepciones desempeñan un papel tan importante como los datos y los análisis sociológicos.
La crisis actual, más que otra cosa, es quizás una crisis de identidad, de principios, de ideales y de visión a la que aspiran las naciones democráticas. Sin embargo, hay componentes esencialmente ‘espirituales’ más profundos en esta crisis, que tienen que ver con el orden superior sobre el que se modela el mundo externo. Si bien los factores involucrados en una crisis espiritual por necesidad son abstractos, son igualmente arquetípicos; son la base y la causa de la confusión psicológica que, a su vez, da forma viva a nuestras instituciones y estructuras de gobierno. A medida que la humanidad avanza hacia una era de marcado desarrollo espiritual, tales factores son cada vez más importantes y, por lo tanto, deben ser parte de cualquier comprensión integral del próximo paso en la evolución de la democracia.
La Psicología Esotérica postula que la crisis espiritual, ya sea de un individuo o de una nación, se basa en un conflicto fundamental entre el propósito y el carácter más profundos del alma (el Yo esencial, el pensador, el su- jeto) y su forma o vehículo externo cambiante y en constante evolución (la personalidad). El alma es la fuente de todas las virtudes humanas: el amor, la sabiduría, el conocimiento, el sacrificio y muchas otras. Es también el principio animador, el aliento de vida, la causa de la forma externa. Funciona como el agente mediador (principio) entre el espíritu esencial y la materia tangible. Por lo tanto, no puede haber una crisis puramente ‘espiritual’ aparte de alguna expresión material correspondiente en el mundo.
La evolución espiritual (tanto de la nación como del individuo) avanza a medida que el alma irradia su luz en la forma, inspirando y desafiando los hábitos establecidos en los mundos del tiempo y el espacio. La relación entre la impresión del alma y la capacidad de respuesta o resistencia de la personalidad se convierte en una fuente de crisis en la vida de la nación, al igual que en la del individuo, creando un ambiente energético que puede evocar la voluntad de implementar los valores y principios en el corazón de la nación. El propósito, el destino y la dirección correcta toman forma en la historia de la nación debido a este proceso rítmico y cíclico, al igual que lo hacen en el individuo. Los individuos que son sensibles a la impresión del alma tienen la responsabilidad colectiva de trabajar para construir una relación correcta entre el alma y la personalidad dentro de la nación. La crisis actual de la democracia puede ser vista como parte de este proceso; como una crisis esencialmente espiritual con el potencial de hacer avanzar a las naciones que componen el orden inter- nacional liberal hacia un correcto ajuste entre el alma y la personalidad.
Los individuos que son sensibles a la impresión del alma tienen la responsabilidad colectiva de trabajar para construir una relación correcta entre el alma y la personalidad dentro de la nación. La crisis actual de la democracia puede ser vista como parte de este proceso; como una crisis esencialmente espiritual con el potencial de hacer avanzar a las naciones que componen el orden internacional liberal hacia un correcto ajuste entre el alma y la personalidad.
Desde el punto de vista esotérico, las crisis pueden ser de dos tipos: crisis del alma y crisis de la personalidad. Ninguna crisis espiritual puede ocurrir sin alguna crisis correspondiente de la forma externa, por lo tanto, las crisis espirituales son siempre duales. Identificar el componente espiritual de la crisis actual es esencial para aprovechar plenamente la oportunidad de renovación y reorientación que ésta trae.
Las crisis de personalidad tienen que ver con la psique externa, específicamente con su expresión, con lo que, en esencia, no es el alma: el “no-yo”. En el caso de una nación, esto incluiría los diversos sectores de gobierno, de la organización externa y, en gran medida, los rasgos que caracterizan al ciudadano medio. Las crisis del alma tienen que ver con las cualidades más elevadas de la psique nacional, aquellas que están encarnadas en los ideales más elevados de la nación y que se manifiestan como las virtudes o dones especiales que cada nación aporta al mundo de las naciones, como una cuestión de identidad esencial.
Es cierto que la evolución espiritual marca la historia de la creciente expresión del alma en y a través de las relaciones e instituciones de la nación. A medida que el proceso de alineación y relación correcta avanza a través de los siglos, el alma influyente se involucra cada vez más para llegar a ser un alma en la forma; lo superior se funde más intensa y claramente con lo inferior, y las cualidades, ideales y virtudes de lo superior caracterizan cada vez más el mundo de la realidad manifestada.
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